Un buen día, la vida me llevó hasta una reunión quincenal de eruditos que se celebraba en los locales del centro político más importante de mi ciudad. Ante ellos, me sentí en bragas, con las bragas de perlé que confeccionaba mi madre cuando aún mis posaderas no eran voluminosas y me alzaba medio metro del suelo, y como siempre reacciono, me ubiqué satisfecha con la sonrisa que me ha costado las múltiples arrugas de expresión que rayan mi actual cara. Mi cara amable y mi actitud de oyente respetuosa lograron que por unanimidad me sumaran al ejército de los cataplasmas. Ilusionada con el rol asumido (remedio de chaman para el mal que les acaecía) comencé a desajustarme. Acudí al médico para que resolviera el problema incipiente: mis pechos presentaba roeles y los picores me convertían en una impresentable. Me los miró con atención y me dijo: - ¡Es una pena! Tiene unos pechos preciosos, de pezón definido y claro. Debe cuidar su estrés y untarse diariamente este aceite; además, evite los alimentos y las situaciones excitantes. Me entregó la receta junto con una hoja informativa con las pautas de vida que debía seguir. Tomándome un granizado de café, leí el folleto concluyendo que quien me atendió, estaba majareta. Compré el aceite y me deshice del panfleto redactado por la Santa Inquisición española, la censura siempre presente. El tratamiento mejoró los roeles y los masajes se extendieron a todo el cuerpo, sobre todo por las ingles, lo cual convertía al que no se nombra, en un urbanito punk con cresta brillante. Ovárica y prominente, determinada a disgusto como una cataplasma, resolví dejar de ser untuosa y expresar lo observado sin remilgos. Resbalé y aprendí a patinar. Claro que caía, caía encantada vociferando la corruptela del tóxico CATAPLASMA. Limpiado el remedio que encubre al alacrán, se descubre que el ladrillo movió y mueve la economía de mi querida ciudad, ladrillo que generó circo propio en los setenta, ochenta, noventa y sigue en el tercer milenio, y que de él comen las gargantas habladoras a las que dedico este poema por si la gracia les induce a dejar de ser gargantas codiciosas:
GARGANTAS HABLADORAS
En el tono armónico de gargantas habladoras,
gastadas por el uso y la ingesta de dolores
se revientan venillas que aniquilan.
Enérgicas ruecas de bienaventuranzas se extinguen;
se gesta la desilusión de la impetuosa juventud;
se memora la impotencia de hechos;
se gesta el rendimiento por madurez;
Se memora la rendición con gestos.
Arrebatadas a los graves problemas,
agudas disfonías encrestan a oradores de oficio.
Fervorosos por convencer
dominan su febrícula engrasando discursos avinagrados.
En el tono armónico de gargantas habladoras,
bienaventuranzas se extinguen.
Se colorean las mejillas de sus almas,
Se disimulan sus lágrimas.
En las gargantas gastadas
por la ingesta de la impotencia
se instrumentan voces:
unas aprovechadas,
otras naturales
y muchas digitalizadas.
Poema perteneciente al libro Micromundo con melena
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